Ellos creyeron que habían encontraron un gigantesco huevo de un dinosaurio, pero resulto ser más que eso…

Para José Antonio Nievas, salir a dar una caminata por sus tierras, en Buenos Aires, Argentina, es cosa de todos los días. Lo que no se esperaba una mañana, al salir para hacer su habitual recorrido, era encontrarse con lo que al principio, le pareció un inmenso huevo de reptil. Nievas creyó que se trataba de un huevo de dinosaurio.

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El mismo tenía un metro de diámetro y la superficie escamosa, de color verde oscuro.

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Estaba firmemente incrustado en un agujero, en un pequeño estanque. De inmediato, Nievas dio a conocer su descubrimiento y la noticia se expandió como la pólvora.

Aunque muchos dudaron que fuera auténtico, varios expertos consideraron que podría tratarse de una prueba prehistórica completamente real. Así dijo el profesor Adrian Lister, del Museo Nacional de Historia de Londres, y Ross MacPhee, quien trabaja para el Departamento de Mammalogía del Museo Americano de Historia Natural.

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Sin embargo, no se trataba de ningún huevo sino de algo mucho más sencillo.

Este es el caparazón de un animal de enormes proporciones, conocido como gliptodonte, el ancestro prehistórico del armadillo.

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El gliptodonte se extinguió hace 10,000 años, tenía enormes patas y una cabeza peluda, con la que solo podía mirar hacia enfrente. Sin embargo, su duro caparazón en forma de esfera lo mantenía bien protegido ante cualquier peligro.

Cada uno de estos animales, además, contaba con un patrón único en sus caparazones, cuyo color llegaba a variar.

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Esta no es la primera vez que se tiene noticias de un caparazón de gliptodonte, aunque lo raro es que se encuentren en una sola pieza.